miércoles, 9 de agosto de 2017

Estoy en una tierra de salvajes

A Rosy

A los diez años,
un domingo,
tía Rosy nos contó
que en la cima de la pirámide
había un misionero
que había viajado hasta una tierra de  salvajes
para dar buenas noticias.

Desde entonces ha caído
mucha lluvía.

Cuarenta años despúes
me miro en el espejo,
no sólo por coquetería,
y me veo en Aragón,
ese país de desiertos y montañas,
insistiendo en la gracia
sobre la Ley
y me sonrío a mí mismo,
sin maldad,
cuando nadie me ve.

Si,
estoy en la cima de la pirámide
y los salvajes me están cuidando.



sábado, 5 de agosto de 2017

La buena noticia

A los habitantes de aquella isla
siempre nos resultó atractivo
lo que venía de afuera
quizás porque dentro no había nada
que nos dejara con la boca abierta
o estábamos cansado de lo mismo
de todos los días,
como por ejemplo el pan.
Primero llegaron los evangelizadores castellanos
después los misioneros norteamericanos
con esa extraña vocación,
de predicar a Jesucristo,
con trajes y corbatas
bajo ese sol del trópico de Cáncer.
Pero el tiempo todo lo cambia
y cuando digo todo,
es todo.
Desde entonces acá
los evangelizadores y pastores
de aquella isla
emigraron a España y a los Estados Unidos
con sus trajes y corbatas.
Pero la mejor noticia
viene ahora:
Un día regresaremos
a aquella isla
desnudos.

martes, 25 de julio de 2017

Ese riesgo cotidiano.

A Basil I y a Lihaón les gusta ser acariciados. A mi también. Así que de vez en cuando se pasean a mi lado y me ofrecen sus costados y sus colas. Yo creo que existen muchas razones por las que nos gusta que nos toquen, pero la más importante tiene que ver con el efecto de mitigar la pena o el temor. Es como cuando tocas una gota de agua sobre una mesa; se extiende. Desaparece. 
Algo parecido sucede cuando alguien nos acaricia o nos abraza: los dolores tienden a diluirse, a difuminarse, a hacerse indoloros. Y es que la mejor amiga que tiene la desdicha es la soledad. Albergo la certeza de que las caricias vienen a ser una medicina. Un buen remedio. Y hasta el mejor bálsamo para las heridas que produce en el alma un amor mal correspondido.
Yo vengo de una isla donde la gente se toca mientras se habla. Al principio no era consciente de  cuantas personas me hablaban con los labios y con las manos a la misma vez. Y no lo fui hasta que crucé el Atlántico. Hasta que me vine al norte. Hasta que lo eché en falta. Hasta que comencé a padecer de gripes y alergías en medio del verano. Hasta que me inicié en el extraño arte de construir trincheras y fortalezas a mi alrededor para que no me hicieran daño las personas que he amado.
En estos años he podido estar en disconformidad con los más fundamentalistas, con los liberales menos estéticos, con los jóvenes más inexpertos; pero cuando alguno de ellos me ha abrazado; todas las paredes y frontones de mis pensamientos se han venido a bajo. Como el velo de un templo innecesario. Y es que nada es más poderoso que una mano compasiva. Y cuando digo nada es nada.
Pero estoy corriendo un riesgo cada día cuando permito que una mano me acaricie: me pueden, a la vez, romper el corazón.

lunes, 24 de julio de 2017

De como me salí del paraiso

Fue un proceso.
Y como todo proceso requirió de un tiempo y de la interacción de varios factores. No importa en que orden fue. Pero ocurrió. Ahora sabemos que el orden de los factores no altera el producto.
Ahora sé más cosas que cuando tenía doce años. Sé, por ejemplo, que en nuestra mente hay miles de recuerdos que configuran nuestra biografía más intima. Y que algunos recuerdos los encerramos bajo siete llaves en un arcón que escondemos en la parte más profunda de nuestra cabeza. Donde nadie pueda llegar. 
Durante muchos años he estado edificando mi identidad diciendo lo que tengo, lo que hago o lo que la gente dice de mi. Pero he de confesar que mi conocimiento es superficial. Es como ese barniz que cubre la madera de mi sillón. Tiene una capa muy fina y muy frágil. Yo no soy lo que tengo enrealidad. Yo no soy sólo lo que hago cada día. Yo, de hecho, no me parezco en nada a lo que la gente piensa de mi.
Pero hay otra cosa que atesoro y que muchas veces no me atrevo a decir en voz alta para que no me tilden de raro: soy alguien amado del Sr. Dios. Lo cotidiano me dice que cuando amo, el Sr. Dios está cerca. Y cuando experimento el desamor, el Sr. Dios está lejos. Pero lo cierto no es que no que él se salga o entre en mi geografía, en dependencia de mis estados anímicos. No, no se trata de la geografía por esta vez. Sino que soy yo quien me doy permiso para irme con el trono de hierro a otro lugar. Lejos. Esta especie de mudanza es lo que los pintores y los poetas han nombrado como la caída, pero que yo rememoro como el día que me salí del paraíso.
Mi salida del paraíso ha tenido que ver con un proceso del olvido. Del no recordar. Es una especie de alzheimer espiritual. Y es que no soy capaz de recordar, con la frecuencia que debería, quién soy yo en realidad. Y por eso, estoy obligado a responder cada vez que alguien me pregunta quién eres con yo soy un pastor, soy este que ves aquí con un cuerpo de isla, soy este con este curriculum vitae, o soy yo y mis circunstancias. Estas son respuestas fallidas. Equívocas. Lo cierto es que lo que hago con mis manos, lo que expreso con mis labios y lo que erijo con mi mente se ha convertido es lo más importante de mi identidad.
Por eso hay días que me siento en medio de este valle sin compañía. Y es que mi soledad se ha convertido en una especie de protesta social y teologica . Si, soy un protestante. Pero eso no ha evitado que pueda expresar grafías lo que es estar solo y en medio de la oscuridad. También he de decir que vinieron días que estaba desorientado. Como perdido. Tropezando con pequeñas piedras y golpeándome con enormes rocas. Sin entender por qué estoy tan lejos de ese sitio de donde surge el río Pisón y que me habían prometido.
¿Qué cómo fue que me salí del paraíso? 
Fue un proceso. Y comenzó cuando me olvide de quien yo era.

jueves, 13 de julio de 2017

Cuando tú naciste yo tenía veinte y ocho años

Querida A:

La mayoría de las veces el amor nos prepara de antemano, nos apunta a donde más nos duele y acaba por abrir fuego. Pero en ocasiones, en contadas ocasiones, medita, reflexiona, aguanta la respirarción y no dispara.

He de escribirte algunas cosas. No espero que me perdones. Sólo aspiro que te pongas en mis zapatos. Y entiendas porque he comenzado un viaje. Primero, conocí a tu madre en el club de lectura que teníamos en el Café Universal, cerca de la Plaza San Francisco, y donde se leían novelas de las hermanas Brontë. Yo era un invitado. Había escrito un pequeño artículo sobre el mecanismo de sanidad interior que promovían estas escritoras inglesas para cuando un amor te rompía el corazón: hacer un viaje. Y querían escucharme en 3D. Una cosa llevó a la otra. Después te conocí a ti. ¿Recuerdas? Tu madre nos presentó a la entrada de los cines Palafox. Tú me miraste como a un bicho raro. Y yo me mordí la lengua. Cuando estoy nervioso me muerdo la lengua. Debo decirte que siempre me gustarón las mujeres mayores que yo.  No sólo estuve enamorado de mi maestra de castellano y gramática, sino también de la de botánica, la de dibujo técnico y la de fitopatología. Tu madre es elegante, maja, dirián aquí, y habla con ese acento francés frente al cual quedo desarmado. Pero frente a ti me flaqueron las rodillas mientras te miraba los ojos sombreados de negro y en tus auriculares se escuchaba Here With Me, de Susie Suh y Robot Koch.

Después llegaron tus comentarios en mi blog que me hacian fijarme más en el sol que en las nubes grises que habían en el camino. Me hacías reír. Como hacía tiempo no me reía. Después quedamos para tomar helado de pistacho en la Plaza del Pilar y esas horas interminables de conversación sobre lo humano y lo divino. Después los roces de piernas bajo las mesas de manteles blancos, los juegos de manos. Tú con tus manos tan blancas. Y los besos. Si, al final siempre llegan los besos. ¿Sabés por qué nos besamos? Porque no tenemos palabras para traducir ciertas emociones. Por eso los enamorados se besan tanto y en cualquier sitio. Se quedan sin palabras. Y yo estaba sin palabras. ¿Te imaginas yo sin palabras? Una tortura. Un martirio. Un suplicio. Una pena que ahogaba con besos.

Ya sé que nunca creíste lo que te echó en cara tu madre, como si fuera una jarra de agua helada. No. Nunca creíste que yo era complicado. Cuando la verdad es que lo soy. Nunca aceptaste el criterio de que llevo una vida ardua. Cuando la vida en realidad es ardua. Y es que el amor nos tapa los ojos y nos hace correr hacia un jardín. Donde hay flores y espinas. Donde espinas y flores. De ahi los aromas. De ahí las heridas.

Nunca creí que volvería a enamorme. Nunca creí que lo haría de una persona tan joven. Nunca de una persona tan blanca. Nunca me imaginé que tu talón de Aquiles era la poesía mientrás vistes siempre de negro. Estoy comenzando un viaje porque me he puesto a hacer cuentas. Cuando tu naciste yo tenía veinte ocho años. Cuando yo tenga sesenta años tú tendrás treinta y ocho. Cuando yo cumpla setenta años, tú cumplirás cuarenta y ocho. Y envejecer a tu lado, hasta dejar de respirar un día, no es justo. Si, ya sé, la vida no es justa. Pero yo trato de serlo. De veras que lo intento. Asi que me daré permiso para empezar un viaje por el norte. Tú date permiso como las heroínas inglesas y vete lejos. Donde no te presienta. Donde no te espere.

Te quiero




 

viernes, 30 de junio de 2017

El Dios de las pequeñas cosas

La frase se la leí a Hemingway hace años. No recuerdo la novela. Pero en estos días la recordé mientras las ovejas debatía cuál habría de ser nuestra actitud antes los que llegan a nuestra comunidad con un bagaje eclesiología y praxis cristiana  diferente al nuestra. Decía el escritor norteamericano: El secreto de la sabiduría, del poder y del conocimiento es la humildad. Parece un dicho de Proverbios, pero no lo es. Y hasta podríamos aventurarnos a proclamarla como una sentencias paulinas, para tampoco lo es. 

Etimologicamente, tratada la palabra, provienen del latín humilitas que significa  abajarse al humus (la tierra).  Y es una especie de virtud moral. De un don. Pero esto no nos dice toda la verdad. La humildad es la característica que define a una persona modesta. Y la modestía como se entiende en esta parte de los Pirineos es la actitud que nos impulsa a moderar y templar las acciones externas. Sobre todo las emociones. E implica contenerse en ciertos límites, de acuerdo con las conveniencias sociales o personales. Por ejemplo, Onésimo era una persona modesta. Y ahora está muy cerca de la tierra.

Pero hay más, dice el diccionario, en otra acepción de la palabra, que es la cualidad de ser sencillo, llano, apocado. Pero esto no es todo lo que podemos decir. Hay más, la humildad es de ausencia de vanidad o de engreimiento. Por tanto alguien modesto es alguien que no se cree mejor o más importante que los demás en ningún aspecto. En ninguno. La humildad es la ausencia de la soberbia. En conclusión si la iglesia cristiana quiere ser humilde ha de desterrar la soberbia de todos sus atrios. De todos.
Lo malo de las frases de Hemingway que acabas por hacerte preguntas. Y yo me pregunto: ¿Por qué si Jesús fue humilde sus seguidores hacemos todo lo posible por no serlo? Quizás la respuesta es muy sencilla; pero no la queremos decir en voz alta para que nadie se entere: La iglesia contemporánea no ha elegido la humildad. 
Y es que el dios de la iglesia no es el Dios de Jesús. A quién Jesús le oraba era al Dios de las pequeñas cosas.

jueves, 29 de junio de 2017

En Parque Grande sin ti

Querida Hyrenee:

Hoy es 28 de junio del año 2017. Un airecillo fresco recorre el Paseo de Fernando el Católico moviendo las hojas de los árboles. Los bancos están llenos de abuelos tomando la fresca. Hoy es el quinto día sin ese calor más propio de Mordor que todo lo seca. Todo lo aplasta. Los niños han acabado la escuela y en mi calle una creciente tranquilidad lo inunda todo. Ahora sé que después de la tempestad llega la calma.

En la ciudad todo sigue igual. Ha ocurrido un reventón en la tuberia de agua que atraviesa la Plaza San Francisco y hay obras. Y ruidos. El Heraldo dice que Aragón es lider en horas extras. Asi que estamos orgullosos. Muy orgullosos de por una vez ir por delante de Desembarco del Rey y Lanza del Sol.O lo que es lo mismo:Madrid y Barcelona. Y en la avenida de Camino a las Torres ha caido un árbol y ha golpeado a un anciano. Las causas de la caída del árbol son descomocidas.

Hoy he comido con tus padres en la cafeteria del hospital. Nadie tenía hambre. Y es como si la pena nos cerrara el estómago. Hemos hablado de ti. Por supuesto. De lo que significa dejar que alguien muy querido se marche para no regresar más. Tu madre habló de tu infancia y hasta reimos de tus torpezas con las manos.

En la tarde caminé con Juan Carlos por los pinares. En silencio. Yo no tenía qué decir y él lleva muchos días sin palabras. Ha envejecido. Caminamos hasta un pueyo donde se vé la tierra semidesértica del valle donde vivimos. Y allí nos quedamos mirando. Como tratando de ver algo en el horizonte. Como esperando avisorar una vela. Como dos naúfragos.

Ayer en la mañana el neurólogo que te asiste en los últimos meses nos comunicó la noticia de que estas en muerte cerebral. Que no volveras a tu casa. Que no verás crecer el magnolio que os sembré en el patio. Ni volveremos a escuchar juntos esos boleros tan melosos de los años cincuenta. Acordamos no agarrarnos más a ti y soltarte. Para tu madre y Juan Carlos ha sido desvastador. 

Querida, no sé si lo sabes, pero el cáncer ha destruido tu mente y a ti como persona. Ya hace días que no abres los ojos. Ni te mueves. Te veo y no te reconozco. Tan blanca. Tan quieta. En una habitación tan silenciosa y tan limpia. Te agarré la mano, y mientras el respirador dejaba de funcionar y te quitaban el alimentador, te susurré al oído con los labios cerrados: ¡ve a la casa del Sr. Dios!

En las últimas horas del atardecer, que aqui en provincia es muy apacible, entré a Parque Grande antes de regresar a casa. Subí a la parte alta donde está la estatua de Alfonso I y el león, que tu bautizaste como Aslán, y donde nadie me veía lloré amargamente. Como hacia años no lo hacia. Como un crío que pierde a su goldfish. Y mirá que mi padre me ha dicho de veces que los hombres no lloran. Pero soy un tipo desobediente. Quizás la razón, sin entrar en justificaciones,  radica en que me vuelvo un hombre mayor. Fálible y equívoco. O que un insecto me ha entrado en los ojos y me ha irritado profundamente el centro del pecho. Y duele. No te digo estás cosas para que estés tristes. Sino para que recuerdes que seguimos a tu lado.

Querida, estoy en Parque Grande sin tí.