miércoles, 11 de octubre de 2017

Cada Octubre me vuelvo bárbaro e iconoclasta

Ayer, del otro lado del océano Atlántico, el Diario de Las Américas en su columna de Opinión publicó un artículo con el título España y el día de la Hispanidad, que comenzaba así: El mundo civilizado celebra cada 12 de octubre el descubrimiento de América, proeza realizada por España. 
Y yo, aquí, en la tierra que cobijó a Fernando y a Isabel; los Reyes Católicos,  me siento como uno de esos hombres que vivió al norte del Rin y lejos de Roma. Incivilizado. Rabiosamente incivilizado. Sin motivos de celebrar nada. Y es que no me creo que España descubrió a América el 12 de Octubre de 1492. 
En todo caso España se encontró con un mundo nuevo para ella. Un mundo habitado por civilizaciones con leyes y costumbres. Un mundo que no le exigió, a España, visados para poner los pie en las arenas de sus playas. Si algo habría que celebrar sería el encuentro de dos mundos. Un encuentro que transformó las visiones del mundo y las vidas tanto de europeos como de americanos. Un encuentro que acabó con un mundo para crear otro con el apoyo de la cruz y la espada.
Mañana no tengo nada que celebrar. Tampoco le llevaré flores a la Madonna de Zaragoza. Y es que quizás ya no pertenezco al mundo civilizado. Y es que cada Octubre me vuelvo bárbaro e iconoclasta

martes, 10 de octubre de 2017

Monica Belluci y los calvinistas que yo conozco

Ahora sé que su nombre completo es Monica Anna Maria Bellucci y que nació en Cittá di Castello. Confieso que he visto casi toda su filmografía, aunque ha hecho cuarenta y cinco películas. Por tanto, no lo negaré, lo diré de una vez y para evitar paparruchas: me gusta Monica Bellucci.
En la última entrevista concedida a un revista española y publicada el fin de semana pasado habla de su vida profesional y personal. Ahora sé, por ejemplo, que Monica Bellucci habla tres idiomas: el italiano, que es su lengua materna, el francés y el inglés aunque en el programa de Craig Kilborn confesó saber algo de español. Pero hay más. Ahora sé, además,la razón por la cual Monica Bellucci nunca se ha ido a vivir a los EE.UU: Allí están obsesionados con el trabajo. Son calvinistas, dice.
No sé con que tipo de calvinistas se ha tropezado en su vida esta chica. Pero los que yo conozco no están obsesionados con el trabajo. Quizás es que los calvinistas del otro lado del océano son más ortodoxos que los que vivimos en Europa. Todo es posible. Así que no meteré las manos en el fuego.
Los calvinistas que yo conozco, aunque aparenten ser muy confesionales y litúrgicos, tienen un credo muy sencillo: la salvación es del Señor. Y esto como lo entiendo yo nos deja poco que hacer a nosotros los hombres y las mujeres. 
Los calvinistas que yo conozco no añaden nada a la expiación de Cristo. O sea, no podemos hacer nada con nuestras manos o nuestra mente para ser perfectos, para ganarnos un sitio en el futuro, para vivir con fe. O lo que es lo mismo, para ser santos, según los parámetros de ciertas teologias.
Los calvinistas que yo conozco no creen que Dios se presenta a una persona y lo abraza para después dejarlos caer en la más honda de las tristezas y soledades. No reconozco ese tipo de Dios. 
Los calvinistas que yo conozco saben identificar que hay un tiempo para trabajar y otro tiempo para estar con la familia. Un tiempo para estudiar y un tiempo para ir al cine. Un tiempo para orar sin cesar y un tiempo para tomarse una cerveza con los amigos mientras cae la tarde. 
Los calvinistas que yo conozco ven al Sr. Dios primero y a los hombres después. Y si alguien quiere saber de dónde viene mi certeza la respuesta es fácil. Soy uno de ellos.
Ayer dejé un mensaje en el perfil de facebook Monica Bellucci. La invito a que conozco a los calvinistas de la vieja Europa. Y de paso la invitó a un té helado con limón antes que llegue el otoño definitivamente. Ahora mismo estoy pendiente de su respuesta.

lunes, 9 de octubre de 2017

Para decir adios.

domingo, 8 de octubre de 2017

El Sr. Dios explicado a los pequeños dinosaurios

¿Dime cómo es tu Dios
y te podré decir cómo eres tú?
¿ Enséñame cómo vives
y sabré como es el Dios en que tienes fe?
Y es que si tu Dios es un padre tierno
tú acabarás siendo un buen hijo.
Y es que si tu Dios es una especie de supermago
tú vivirás como un niño malcriado.
Y es que si tu Dios es como un fiscal sin misericordia
tú irás por la vida con temores y sin esperanza.
Y es que si tu Dios no te escucha
tú acabarás en la soledad más inmensa.
Y es que si tu Dios es amistoso
tú serás un amigo fiel.
Y es que si tu Dios opta por la venganza
tú harás del malhumor y el resentimiento una opción de vida.
¿Dime como es tu Dios?

viernes, 6 de octubre de 2017

Los prebisterianos y el chocolate

Cuando naces en una familia presbiteriana, serás presbiteriano para el resto de tu vida, ya sea en la salud como en la enfermedad, en la riqueza como en la pobreza, en el tiempo de lluvias como en la sequía. En mi familia las cosas buenas se dejaban para los domingos: el mejor mantel de hilo, la mejor camisa blanca de mangas largas con corbata incluida, la vajilla de porcelana china, la carne asada rellena de laurel y ajo, el escuchar música de Albinoni en el gramófono y el comer chocolate. Los presbiterianos sólo podíamos comer chocolate los domingos. No me preguntes de dónde nos venía esta norma; porque simplemente no lo sé. Pero hasta el otro día fui fiel a la tradición.
Alguien que me cuida me regaló un sesión de chocoterapia, o sea una terapia con chocolate. Al principio me dio miedo. Las cosas nuevas me dan miedo y más si van relacionadas con que una persona extraña me toque el cuerpo y este tenga que estar semidesnudo. Los presbiterianos del Trópico de Cáncer tenemos problemas con los masaje y la desnudez. Pero  el ser agradecido pudo más que el temor.
Ahora sé que la chocoterapia es una de las cosas más bíblicas que me ha pasado en los últimos días. Primero me recorrieron el cuerpo con una mezcla de sales del Mar Muerto y hierbas medicinales. Las sales te raspan un poco por supuesto, pero como la chica que te da el masaje es tan dulce yo no dije nada. La procesión iba por dentro. Después te cubren la piel con una mezcla de chocolate negro caliente y manteca de karité. La sensación no es desagradable, es rara; pero desagradable no es. Sabes que tienes chocolote al alcance de la lengua; pero que quedaría mal que te lamieras tu propio cuerpo. Aquí comienzas a desarrollar la autodisciplina y el autocontrol. Ambas son virtudes. Por ultimo, te quitan esta película grasienta de todo el cuerpo y vuelven a darte un masaje con aceites de orquídea y de bambú. Así que acostado,  medio desnudo y oliendo a chocolate por los cuatro puntos cardinales tienes la sensación de que te han bautizado y comienzas a vivir otra vida nueva. Una vida más relajada y con aroma a chocolate. Un anticipo, creo yo de lo que será el cielo.
Por cierto, si lo de la zarza ardiente ocurre delante de un azteca hoy los presbiterianos estaríamos celebrando la Santa Cena con chocolate.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Sin piedras en los bolsillos

A veces salgo de la comarca donde vivo. Y me voy lejos. Muy lejos. Donde no haya wifi. Hoy camino por Monte Perdido y es otoño. Y una pregunta me ronda sin pedir permiso entre tanto árbol; ¿Por qué necesito que me ofrezcan ayuda? 
Hay días que no tengo respuesta para esta pregunta. En otros si. Si me miro por dentro me temo que busco ayuda cuando estoy confundido. Desorientado. Cuando me siento perdido. Cuando he extraviado en algún rincón del alma las líneas que señala mis propios límites o los del mundo que me rodea. Busco ayuda porque soy incapaz de decidirme por una dirección determinada de antemano. Porque estoy cansado de ir de derechas a izquierda y viceversa. De Oriente a Occidente. Porque me he fatigado de estudiar tanta teología por obediencia y demostrar que tengo algo importante que decir cada día. Cuando en realidad quiero estar en silencio. Busco ayuda cuando no tengo proyectos ni planes que se avisoren en el horizonte. Busco ayuda porque me encuentro paralizado. Estancado.
Pero hay más. Busco ayuda porque hay instantes que no le ve sentido a la inmortalidad. Porque no encuentro útil el querer vivir para siempre y bajo una misma bandera que dice en su etiqueta: Made in China.
Aplasto hojas rojas y amarillas con mis pies. Lo hago con intencionalidad. Con alevosía. Aplasto hojas porque no puedo aplastar otras cosas. Es el otoño puro y duro del Pirineo. Y hablo conmigo mismo como si fuera Robinson Crusoe. La vida después de la muerte sólo tiene sentido cuando he podido vivir con plenitud. Con libertad. Sin piedras en los bolsillos.  O sea, con esperanzas.
Soy Frodo y estoy en Monte Perdido.

martes, 3 de octubre de 2017

Quiero ser encontrado.

Desde lejos parezco una persona seria y elegante. Pero cuando alguien se dá permiso y se acerca descubrirá que soy un hermano mayor en toda regla. Y padezco el síndrome del hermano mayor. Los síntomas son fáciles de identificar: soy responsable, ortodoxo, nunca pretendimirme de casa, pero la realidad es más dura, he estado perdido todos estos años. Me fui lejos de la familia y de aquella isla.
Así que sé lo que se siente cuando estás obligado a ser un hijo modelo. Un hermano ejemplar, un buen ciudadano, un cristiano sin mancha. Siempre fui muy buen estudiante. Un hijo del cual cualquier padre se sentiría orgulloso. Un amigo fiel. He trabajado duro todos los días. Cumplo todas las obligaciones de un individuo ejemplar; pero durante los últimos años de mi vida fui muy desgraciado y con menos libertad que Moby Dick dentro de un acuario.
Me ha costado mucho, y no hablo teologicamente, aceptar la idea de que estaba más cerca del hermano mayor, amargado y resentido, que cuenta Jesús en una parábola; que del hermano pequeño materialista y libidinoso. Pero ahora lo acepto. Siempre quise cumplir con las expectativas de mis padres y del Sr. Dios. Ser obediente, cuando en realidad sentía mucha envidia de mi desobediente hermana pequeña. Resultar agradable y domésticado. Cuando en verdad no estaba de acuerdo con la vida y el mundo en que vivía. Ni con la iglesia que había heredado.
He estado viviendo una vida sin alegría. Y es que nadie me ofreció un cabrito para festejar. Como verás tengo muchas razones para quejarme. Pero no lo haré ahora. Es contraproducente. Es muy duro amar a una persona que  siempre se está quejando. La queja es una señal de autorechazo. De resentimiento. De pesimismo.
No quiero ser una persona así. En el fondo de mi corazón quiero ser encontrado y que alguien haga una fiesta para mi.