Donde nadie te obligue a ser profeta


Lo bueno de nacer en una isla es que vayas donde vayas acabas encontrándote con el agua salada. Pero Placetas, el lugar donde nací, está en el centro de aquella isla y no tiene mar. Así que cada verano mi familia se montaba en un tren que salía de Santa Clara y que tenía como última estación a Trinidad. Un tren que cruzaba el Macizo de Guamuhaya. Era un viaje que duraba hasta cinco horas entre montañas cubiertas de vegetación, ríos y caseríos donde los nativos salían a vender plátanos y frituras de maíz. Pero nuestro destino final era Casilda, un pueblo de pescadores en la costa sur. Todo lo que he necesitado saber para vivir en este mundo y en el que ha de venir lo aprendí allí.
Cuando eres un niño de secano no sabes que existe una forma de vida debajo del mar. Sabes otras cosas. Sabes, por ejemplo, que existen formas de vida sobre la tierra seca, pero no mucho más. Así que a los siete años me enteré que tenemos dos mundos diferentes donde vivir y que no hay que conformarse con uno sólo. Uno está en el mar, y allí viven los peces y las aguasmalas y otro está en la tierra donde viven las vacas y los cocuyos. En el mar están los animales con aletas. Sobre el mar los que tienen alas y pezuñas. Son dos formas de vida. Distintas. Diferentes.
Las cosas que aprendemos de niños no se suelen olvidarse nunca. Aunque hay adultos que si lo hacen. Yo aprendí que las aves que andan por los cielos no se quejan de las escamas de los peces. Tampoco los peces se quejan de las plumas de las aves. Hay una palabra que define este estilo de vida: tolerancia. En realidad, el ruiseñor y la sardina, nunca se ponen a debatir quién vive en el mundo real. Para el ruiseñor el mundo está por encima del mar. Para la sardina el mundo es lo que está debajo del mar.
Ahora, desde mi ventana el mar no se ve. Ahora, vivo distante de aquella isla. Pero eso no significa que no me guste el mar o que sienta predilección por el arroyo de la sierra. A veces para poder escuchar el canto del ruiseñor y ver el salto de la sardina hay que irse lejos. A un lugar donde las mareas no produzcan estragos. A una geografía donde no se te enmudezca por decir lo que piensas en voz alta. A una orilla donde nadie te obligue a ser profeta.

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