En el principio las casas no tenían nombres, pero
cuando los hombres y las mujeres comenzaron a hablar entre ellos, se hicieron
necesarios. Los nombres de las casas nos ayudan a no olvidar dónde hemos vivido
antes de llegar al lugar donde estamos ahora. Nos dicen donde fuimos felices. Nos hacen revestirnos de gratitud. Por ejemplo, la Casa Mamre no
siempre se llamó así. Antes se llamó Hogar Salvador Ramírez. Y antes de
eso, El Hogar. Así de simple. Hay personas que aún le llaman así cuando quieren
referirse al caserón protestante que hace esquina entre la calles Bellido y
Arco, en Jaca.
He estado haciendo limpieza en El Hogar. Y hacer
limpieza es sobre todas las cosas decidir que cosas pueden quedarse y que cosas
han de salir por la puerta sin ningún tipo de ceremonia de despedida. Pero la
labor de adecentar tiene sus penalidades, quizás por ello algunas personas
prefieren que sean otros quienes limpien sus casas. O sencillamente nunca lo
hacen. Pero también es una faena peligrosa, pues nos puede acontecer que
encontremos un utensilio o señal que nos hagan soltar la escoba y sentarnos. Y al abrir una puerta me asombré y me senté.
En lo que antes fué una oficina, en primer piso frente
a la escalera, hay un armario empotrado con tres puertas de madera pintadas de
un marrón pálido. Cuando abres la primera puerta, la que está junto a la puerta
de la habitación, encuentras catorce nombres escritos con un rotulador negro. Más
abajo dice Jaca 99. Y más abajo aún,
subrayado: Invierno. Y es que no siempre fue una oficina. Antes era
una habitación con tres literas.Algunas cosas hay que escribirlas para no olvidarlas.
El Hogar desde el principio
fue un lugar de acogida y encuentro. Algunos no tienen memoria de ello. Otros
sí. Los niños de la Escuela Evangélica lo sabían. Los evangélicos que hicierón el
Servicio Militar en Jaca lo experimentaron. Los niños y jóvenes que se reunían
en los campamentos de verano pueden recordar esto. Y ahora hay catorce hombres
y mujeres que me ha hecho hacer un ejercicio de gratitud en medio de este anochecer
frío a los pies de los Pirineos.
Queridos: Lorena, Raquel, Cris, Elisabet, Maria G,
Maria R, Elvira, Jonathan, Juanjo, Samuel, Antonio, Manolo, Natanael y Rubén, han pasado veinte años. Seguimos en invierno. Pero que el Sr. Dios os reconforte donde quiera que esteís.

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