jueves, 13 de julio de 2017

Cuando tú naciste yo tenía veinte y ocho años

Querida A:

La mayoría de las veces el amor nos prepara de antemano, nos apunta a donde más nos duele y acaba por abrir fuego. Pero en ocasiones, en contadas ocasiones, medita, reflexiona, aguanta la respirarción y no dispara.

He de escribirte algunas cosas. No espero que me perdones. Sólo aspiro que te pongas en mis zapatos. Y entiendas porque he comenzado un viaje. Primero, conocí a tu madre en el club de lectura que teníamos en el Café Universal, cerca de la Plaza San Francisco, y donde se leían novelas de las hermanas Brontë. Yo era un invitado. Había escrito un pequeño artículo sobre el mecanismo de sanidad interior que promovían estas escritoras inglesas para cuando un amor te rompía el corazón: hacer un viaje. Y querían escucharme en 3D. Una cosa llevó a la otra. Después te conocí a ti. ¿Recuerdas? Tu madre nos presentó a la entrada de los cines Palafox. Tú me miraste como a un bicho raro. Y yo me mordí la lengua. Cuando estoy nervioso me muerdo la lengua. Debo decirte que siempre me gustarón las mujeres mayores que yo.  No sólo estuve enamorado de mi maestra de castellano y gramática, sino también de la de botánica, la de dibujo técnico y la de fitopatología. Tu madre es elegante, maja, dirián aquí, y habla con ese acento francés frente al cual quedo desarmado. Pero frente a ti me flaqueron las rodillas mientras te miraba los ojos sombreados de negro y en tus auriculares se escuchaba Here With Me, de Susie Suh y Robot Koch.

Después llegaron tus comentarios en mi blog que me hacian fijarme más en el sol que en las nubes grises que habían en el camino. Me hacías reír. Como hacía tiempo no me reía. Después quedamos para tomar helado de pistacho en la Plaza del Pilar y esas horas interminables de conversación sobre lo humano y lo divino. Después los roces de piernas bajo las mesas de manteles blancos, los juegos de manos. Tú con tus manos tan blancas. Y los besos. Si, al final siempre llegan los besos. ¿Sabés por qué nos besamos? Porque no tenemos palabras para traducir ciertas emociones. Por eso los enamorados se besan tanto y en cualquier sitio. Se quedan sin palabras. Y yo estaba sin palabras. ¿Te imaginas yo sin palabras? Una tortura. Un martirio. Un suplicio. Una pena que ahogaba con besos.

Ya sé que nunca creíste lo que te echó en cara tu madre, como si fuera una jarra de agua helada. No. Nunca creíste que yo era complicado. Cuando la verdad es que lo soy. Nunca aceptaste el criterio de que llevo una vida ardua. Cuando la vida en realidad es ardua. Y es que el amor nos tapa los ojos y nos hace correr hacia un jardín. Donde hay flores y espinas. Donde espinas y flores. De ahi los aromas. De ahí las heridas.

Nunca creí que volvería a enamorme. Nunca creí que lo haría de una persona tan joven. Nunca de una persona tan blanca. Nunca me imaginé que tu talón de Aquiles era la poesía mientrás vistes siempre de negro. Estoy comenzando un viaje porque me he puesto a hacer cuentas. Cuando tu naciste yo tenía veinte ocho años. Cuando yo tenga sesenta años tú tendrás treinta y ocho. Cuando yo cumpla setenta años, tú cumplirás cuarenta y ocho. Y envejecer a tu lado, hasta dejar de respirar un día, no es justo. Si, ya sé, la vida no es justa. Pero yo trato de serlo. De veras que lo intento. Asi que me daré permiso para empezar un viaje por el norte. Tú date permiso como las heroínas inglesas y vete lejos. Donde no te presienta. Donde no te espere.

Te quiero




 

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