Hay que encender una luz en la oscuridad
El día ha comenzado. Para los que se saben amados y para los que lo han olvidado. Para los que están lejos. Para los que están cerca. Para ti y para mí, hoy es una nueva oportunidad.
Iniciar el día con una oración debería ser un ejercicio fácil para los creyentes; pero no lo es. En realidad, orar nos cuesta. Porque entre otras cosas nos obliga a cerrar los ojos y ha silenciar al mundo en que vivimos. Y esto no nos gusta. Porque nos hace parecer vulnerables. Y ni usted ni yo queremos dar esa impresión. No nos han educado para ser frágiles. Tampoco para ser políticamente incorrectos.
El Jesús de Lucas no tiene problemas para orar. Busca lugares tranquilos, se aparta del bullicio cotidiano, e invita a los discípulos que le acompañen, y lo hace para encontrarse con el Padre. Jesús sabe que la oración es nuestra respuesta al Dios que nos habla, o mejor dicho, al Dios que se hace presente sin pedir permiso. Y ora para mantener la fe, para no ser vencido por el mal, para que el barro se convierta en un milagro.
A veces los jóvenes me preguntan ¿Cómo puedo encontrarme con Dios? Y me sonrío, porque tal geografía no existe. Es el Sr. Dios quien sale al encuentro de nosotros. Pero la mayoría de las veces no lo creemos. O nos quedamos mudos y sin palabras cuando nos dice te escucho. Y por eso nuestra búsqueda no acaba. No tiene fin. Y lo buscamos en las capillas, en las grandes celebraciones, como si el Sr. Dios necesitara esconderse en un lugar para ser encontrado.
Es con los años, y con algunas cicatrices, que usted y yo aprendemos que las personas que más nos importan no son las que nos dieron buenos regalos, ni nos ofrecieron soluciones temporales, sino las que nos tomaron de la mano cuando no podíamos andar y tocaron nuestro corazón con una oración que nosotros no podíamos hacer porque el dolor nos había hecho un nudo en la garganta.
A esa gente que me tomó de la mano y oró por mí, desde aquí les digo: ¡Gracias!¡Gracias!¡Gracias!
Lectura del evangelio de Lucas 11, 1-4
Una vez estaba Jesús orando en cierto lugar. Cuando terminó de orar, uno de los discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, al igual que Juan enseñaba a sus discípulos. Jesús les dijo: Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Danos cada día el pan que necesitamos. Perdónanos nuestros pecados, como también nosotros perdonamos a quienes nos hacen mal. Y no permitas que nos apartemos de ti.
¿Quién me acompañará hoy en una oración?
Padre: Bendice este día que comienza. Bendice nuestras vidas con la paz. Espíritu Santo, renueva nuestra fe, revive nuestros corazones y guíanos en cada decisión. Jesús, escucha nuestra oración. Amén. Augusto G. Milián
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